"La desobediencia de Marte", obra de Juan Villoro, llega al teatro en CDMX


La desobediencia de Marte, una obra escrita por Juan Villoro y protagonizada por Joaquín Cosío y José María de Tavira. En ella seremos testigos de cómo dos astrónomos, a pesar de tener una rivalidad, lograron crear un equipo de trabajo que permitió descifrar las órbitas de los planetas. Un dúo que logró cambiar la historia de la humanidad

En la obra que llega en agosto al Centro Cultural Helénico de la ciudad de México, Cosío y De Tavira muestran cómo dos generaciones pueden chocar pero a la vez aprender a convivir y trabajar juntas. Para el multipremiado escritor, Juan Villoro, esta obra, que se estrena el próximo 4 de agosto, “no sabía si el texto se podría realizar o no, pero fue una fortuna encontrar una complicidad para que la obra llegara a escena, la cual, durante el largo camino, ha ido cambiando”.

“Siempre obtengo por parte de las personas que han visto los ensayos, palabras de aliento y críticas para mejorar el trabajo en el escenario, y por eso me detengo y pienso, Entonces es extraordinario estar aquí”, mencionó el escritor, quien ha sido reconocido con el Premio Crónica.

La obra surgió de una lectura que llegó a sus manos en el año de 1982, Juan Villoro vivía en Berlín oriental y se trataba de un libro editado por el Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología, llamado Los Sonámbulos, de Arthur Koestler. Entonces, el dramaturgo creyó que por aquellos años, la obra contenía ciertas características para ser llevadas al teatro.

“A mí me pareció que había una obra de teatro en ese escrito, porque era una mutua dependencia con un enorme sentido dramático. De ese pleito, amistad-enemistad, surgió la posibilidad de descifrar las órbitas de los planetas. La obra trata de eso, de los confines del universo”, puntualizó el dramaturgo.

“Esta obra tenía que tratar sobre el discurso teórico de los astrónomos, pero también los astrónomos eran personas, se emborrachaban, se peleaban, se insultaban y hablaban entre ellos en latín; uno era alemán y el otro danés, por lo que escribí un lenguaje macarrónico para algunas escenas donde salían borrachos”, mencionó Villoro, en conferencia de prensa.

Asimismo, en entrevista con Crónica, Juan Villoro expresó que tuvo que ver con la selección de los actores. Discutió el tema con el director de la obra, Antonio Castro, y llegaron a la conclusión de que uno de los personajes, Tycho Brahe, fuera personificado por Joaquín Cosío.

“Es un grandísimo actor, al que se le ha buscado mucho para interpretar a una persona ruda, domina estos papeles, pero tuve la suerte de conocerlo hace 25 años, leer poemas de él y darme cuenta que tiene una sensibilidad interior enorme y digo ‘hay todo un universo por descubrir en él’. Joaquín ya había trabajado con Antonio Castro en una obra y dijo qué buena idea, porque realmente hay un rango de actuación en él que no se ha explotado y creo que lo podrán apreciar los espectadores”, enfatizó Juan Villoro.

Con respecto a por qué el Teatro Helénico fue el lugar elegido para la puesta en escena, expresó que la idea no fue suya y que cuando él escribe una obra, piensa que se debe presentar en el lugar más pequeño, debido a que le aterra que no tenga público, a lo cual, dijo, “no se considera un dramaturgo comercial”. Y para finalizar, el escritor comentó que está trabajando en detallar la obra.

Por su parte, Joaquín Cosío comentó que ha sido difícil interpretar textos de Villoro, porque el nivel lingüístico y verbal es ambicioso, es decir, los personajes, al menos los astrónomos, tienen una pulcritud, una respiración que lo hace complicado.

“Hay una construcción lingüística casi impecable que es al mismo tiempo fascinante, pero al mismo tiempo de una gran complejidad para interpretarla y darle un sentido de verdad y para incorporarlo, por lo que es un texto ambicioso en una gran cantidad de sentidos, pero evidentemente en el sentido dramático es fantástica”, afirmó.

José María de Tavira también se refirió al texto dramatúrgico de Villoro, el cual comprende un lenguaje muy denso, pero a la vez muy rico y que precisamente uno al trabajar con el texto, hay un momento en que todo lo hace sentido y empieza a escuchar lo que estaba ahí.

“El trabajo de descubrimiento del actor de lo que el dramaturgo quiso decir, lo que uno se imagina, siempre es un proceso muy rico, y en este caso fue abrir como una cosa muy densa, para entender la complejidad y al mismo tiempo la sencillez de la elaboración de las ideas”, precisó.