La Coalición para las Innovaciones en Preparación para Epidemias (CEPI), organismo internacional con sede en Noruega cuya misión es acelerar el desarrollo de vacunas contra infecciones emergentes, está financiando en la actualidad tres programas de investigación. El primero, liderado por el Instituto Nacional de Alergias y Enfermedades Infecciosas de EE.UU. (NIAID), en colaboración con la empresa biotecnológica Moderna, está diseñando vacunas compuestas por secuencias víricas de ARN mensajero (ARNm). El segundo, llevado a cabo por la empresa farmacéutica Inovio, de EE.UU, se centra en vacunas compuestas por secuencias específicas de ADN. Y en el tercero, un equipo de la Universidad de Queensland está intentando fabricar una vacuna a partir de proteínas víricas obtenidas de cultivos celulares.
Además de esas iniciativas, otras compañías, como Johnson & Johnson y Drugmaker Novavax, o el mismo Hospital del Este de Shanghái, afiliado a la Universidad de Tongji, en colaboración con la compañía china Stermirna Therapeutics, han anunciado que se suman a la investigación de vacunas contra el SARS-CoV-2.
En España, el equipo dirigido por Luis Enjuanes, del CNB, en colaboración con la Escuela de Medicina Icahn del Hospital Monte Sinaí, en Nueva York, intenta obtener una vacuna a partir del virus atenuado. El grupo de Enjuanes ya había investigado con anterioridad los genomas de SARS-CoV y MERS-CoV, hecho que les ha ayudado hace poco a identificar los genes responsables de la virulencia del nuevo coronavirus. Desde entonces, su objetivo consiste en emplear la ingeniería genética para eliminar estos genes y crear así virus atenuados. Estas nuevas versiones resultarían inocuas, por lo que podrían administrarse a humanos para estimular su sistema inmunitario.
Además del CNB, el grupo liderado por Joaquim Segalés, del CReSa y de la Universidad Autónoma de Barcelona, trabaja junto con científicos del Laboratorio Nacional de Galveston, en Texas, y del Centro Médico de la Universidad de Texas para buscar estrategias contra el SARS-CoV-2. Esta colaboración ha dado fruto a un primer artículo publicado en la revista F1000Research.
«La metodología que hemos usado es in silico. Esta se basa en realizar simulaciones computacionales para predecir qué compuestos nos podrían ayudar a prevenir o tratar la infección», ha explicado a Investigación y Ciencia Júlia Vergara, investigadora del CReSa involucrada en este estudio.
Los autores han comparado secuencias de las proteínas víricas (deducidas a partir de los datos del genoma del virus) con secuencias de proteínas humana para predecir posibles interacciones entre ellas e identificar cuáles desempeñan un papel relevante en la infección. Basándose en el conocimiento previo de que el SARS-CoV se introducía en las células mediante la unión de la proteína S con el receptor de membrana ACE2 (enzima convertidora de la angiotensina 2), han analizado si la proteína S del nuevo virus también se uniría a este receptor. No solo han descubierto que sí lo hace, sino que, además, han localizado una secuencia de la subunidad S1 de la proteína S que se une al receptor ACE2 con mayor afinidad. Ello indica que este dominio de la proteína S podría convertirse en una buena diana terapéutica. Los autores quieren ahora desarrollar vacunas a base de secuencias proteicas (péptidos) correspondientes al dominio de S1 recién descubierto para que el organismo humano genere anticuerpos que impidan estas uniones.
En esta misma línea, tres estudios simultáneos han corroborado la interacción de la proteína S del SARS-CoV-2 con el receptor ACE2, tanto por medios informáticos como mediante cultivos celulares. En uno de ellos, Markus Hoffmann, del Instituto Leibniz para la Investigación de Primates, en Gotinga, y sus colaboradores sugieren además otras posibles dianas terapéuticas, como la proteasa TMPRSS2, que también parece facilitar la entrada del virus a la célula.
En esta frenética carrera contrarreloj, un grupo de la Universidad de Texas liderado por Jason McLellan acaba de publicar la estructura cristalizada de la proteína S del SARS-CoV-2. Este avance permite identificar las partes de la proteína S que están más expuestas y que, por tanto, son más accesibles a la hora de atacar el virus, por ejemplo, con anticuerpos.
Los métodos in silico se consideran herramientas muy útiles para generar primeras hipótesis en un plazo especialmente corto. Los datos obtenidos con ellos, combinados con los derivados de los ensayos in vitro y de la reciente cristalización de la proteína S, ofrecen la posibilidad de realizar un análisis integrado con datos de distintas procedencias, lo que ayuda a afinar la investigación de nuevas dianas terapéuticas.
Vergara ha explicado que, una vez identificados computacionalmente los compuestos que podrían prevenir la infección, deben realizarse los estudios preclínicos y validar, sobre todo en modelos animales, la funcionalidad y la efectividad de las predicciones in silico. La experta ha apuntado que centrarán sus estudios en la proteína S y en la actina (aunque están pendientes de la aprobación de financiación para continuar la investigación).
«Somos muchos los que estamos sumando esfuerzos para investigar el SARS-CoV-2. Algunos grupos han anunciado que en veinte meses, o incluso en cuarenta días, podría haber una vacuna comercializada. Esto es prácticamente imposible», ha señalado Vergara. «Este año puede que se consiga una primera vacuna experimental. Ahora bien, tendrá que someterse a los distintos estudios de seguridad, y eso lleva años.»
Fuente: Investigación y Ciencia/ Marta Consuegra.
En esta misma línea, tres estudios simultáneos han corroborado la interacción de la proteína S del SARS-CoV-2 con el receptor ACE2, tanto por medios informáticos como mediante cultivos celulares. En uno de ellos, Markus Hoffmann, del Instituto Leibniz para la Investigación de Primates, en Gotinga, y sus colaboradores sugieren además otras posibles dianas terapéuticas, como la proteasa TMPRSS2, que también parece facilitar la entrada del virus a la célula.
En esta frenética carrera contrarreloj, un grupo de la Universidad de Texas liderado por Jason McLellan acaba de publicar la estructura cristalizada de la proteína S del SARS-CoV-2. Este avance permite identificar las partes de la proteína S que están más expuestas y que, por tanto, son más accesibles a la hora de atacar el virus, por ejemplo, con anticuerpos.
Los métodos in silico se consideran herramientas muy útiles para generar primeras hipótesis en un plazo especialmente corto. Los datos obtenidos con ellos, combinados con los derivados de los ensayos in vitro y de la reciente cristalización de la proteína S, ofrecen la posibilidad de realizar un análisis integrado con datos de distintas procedencias, lo que ayuda a afinar la investigación de nuevas dianas terapéuticas.
Vergara ha explicado que, una vez identificados computacionalmente los compuestos que podrían prevenir la infección, deben realizarse los estudios preclínicos y validar, sobre todo en modelos animales, la funcionalidad y la efectividad de las predicciones in silico. La experta ha apuntado que centrarán sus estudios en la proteína S y en la actina (aunque están pendientes de la aprobación de financiación para continuar la investigación).
«Somos muchos los que estamos sumando esfuerzos para investigar el SARS-CoV-2. Algunos grupos han anunciado que en veinte meses, o incluso en cuarenta días, podría haber una vacuna comercializada. Esto es prácticamente imposible», ha señalado Vergara. «Este año puede que se consiga una primera vacuna experimental. Ahora bien, tendrá que someterse a los distintos estudios de seguridad, y eso lleva años.»
Fuente: Investigación y Ciencia/ Marta Consuegra.
